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Internet of Things: ¿En mi nevera?
  • Pedro de Gregorio
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  • Big Data . Data . Data Analytcics . internet of things . IoT .

Internet of Things, la Internet de las Cosas, es un concepto que suele ir ligado a una visión de futuro. Horizontes a medio y largo plazo, elucubraciones sobre qué se podrá conseguir o sobre un sinfín de posibilidades que podrán abrirse en un momento que no parece llegar nunca. Las expectativas puestas en este concepto son muchas y muy altas y esto conduce, de manera casi inevitable, al escepticismo por parte de aquellos que no encuentran el retorno que esperaban de sus ilusiones. O, peor aún, de aquellos que nunca se ilusionaron y se rindieron con un simple “¿para qué quiero internet en mi nevera?”.

Cuando un concepto, o un paradigma, como la Internet de las Cosas aparece en escena, es difícil prever de antemano qué camino tomará la evolución de la tecnología, cuáles serán las aplicaciones que realmente serán relevantes, cuál será esa funcionalidad concreta que causará toda una revolución. Basta con volver atrás poco más de un par de décadas, a los años 90. Internet empezaba a entrar de forma masiva en los hogares y dejaba de ser algo reservado para entornos como la empresa, el ejército o la investigación. “Pero, ¿para qué sirve internet?” fue una duda recurrente en aquellos años. Las explicaciones, entonces, ponían sus ilusiones en el correo electrónico, en las visitas virtuales a museos o algo tremendamente futurista: la videoconferencia. Mientras los portales de internet se multiplicaban como setas, aglutinando toda clase de servicios en sus páginas principales, Google se gestaba como un sencillo y casi humilde motor de búsqueda. Al mismo tiempo que se cocinaba una burbuja tecnológica sin precedentes, que tuvo su estallido posterior, se ponían los cimientos de uno de los grandes imperios de la red. ¿Quién podía imaginárselo? En la visión naíf de la internet de los años 90 no había lugar para selfies, tweets o vloggers y etiquetar una foto, entonces, consistía en apuntar por detrás de una copia de tamaño 10×15 alguna anotación referida a la imagen del anverso. Sí, las fotos eran de papel y un teléfono con cámara de fotos incorporada sonaba a invento alocado sacado de un tebeo de Mortadelo y Filemón.

La Internet de las Cosas no se queda atrás. No era un capricho el ejemplo que antes mencioné sobre la desilusión de internet en las neveras. Pasan años, lustros y casi décadas y sigue siendo habitual encontrar algún refrigerador con acceso a internet en las ferias tecnológicas a las que suelen acudir los fabricantes de estos electrodomésticos. Como si cumplieran una promesa a alguien que tuvo una visión muy futurista, allá por la época del pinchazo de las puntocom. No es que un electrodoméstico como un frigorífico tenga que quedar fuera de la Internet de las Cosas. Al contrario. Pero ahora que es posible hacer la compra, incluso, sin levantarse del sofá ni utilizar un ordenador, contar con un navegador web en la puerta del electrodoméstico en cuestión no aporta ningún valor real.

Cuando se habla de la Internet de las Cosas, no se trata de llevar el acceso a internet a elementos cotidianos, que parece propio de la visión inocente y algo cyberpunk del mundo tecnológico de los años 90, sino de conectar elementos cotidianos a internet para aprovechar las posibilidades que proporciona la comunicación casi inmediata entre diferentes elementos y sistemas. Esto es posible, sobre todo, gracias a la mejora significativa de las redes de comunicación y de los sistemas de almacenamiento y de procesamiento, así como a la enorme evolución y el abaratamiento sensible de la tecnología que permite dotar de la conectividad necesaria a cualquier dispositivo.

Gracias a los avances tecnológicos, una nevera puede conectarse a internet y enviar información sobre su funcionamiento para permitir la detección de patrones en sus variables que puedan revelar algún tipo de fallo futuro para permitir al propietario subsanarlo antes de que se produzca una avería costosa, un fallo que arruine todos los alimentos que contiene o, sencillamente, un consumo de energía eléctrica desmesurado. Un aviso a tiempo puede cambiarlo todo. Quizá un caso de uso como este no capte minutos en el espacio dedicado a una de las mencionadas ferias tecnológicas en un telediario ni artículos en periódicos de tirada nacional por no ofrecer un gran atractivo visual ni permitir una demostración llena de luces y colores, pero convierte la asociación entre nevera e internet en algo razonable e, incluso, deseable. En algo útil.

Para poder llevar a cabo el mantenimiento preventivo de esta nevera es necesario contar con una gran cantidad de datos de funcionamiento de otros frigoríficos similares, con una profundidad histórica suficiente como para poder sacar conclusiones fiables y realizar predicciones válidas. Esto pone sobre la mesa uno de los aspectos claves de la Internet de las Cosas: los datos. Todos los dispositivos conectados generan datos. Muchos datos. En ocasiones, incluso, demasiados como para ser almacenados y procesados de forma indiscriminada. Es necesario ser selectivos. Suponen un nuevo reto para el mundo Big Data. Tal vez no sea necesario almacenar los datos de temperatura o del régimen de giro del compresor de la nevera cada segundo. Tomar una muestra cada hora o en el entorno de ciertos eventos (como la apertura de la puerta y algunos instantes posteriores) puede ser una forma mucho más eficiente de contar con la información necesaria.

Esta integración con Big Data, a su vez, pone de manifiesto que la Internet de las Cosas maximiza su potencial mediante la integración con otras tecnologías. Las plataformas Cloud cobran un protagonismo total a la hora de habilitar el desarrollo de casos de uso debido a los costes moderados que suponen el despliegue de toda una plataforma tecnológica bajo demanda, según se necesite. El fabricante de la nevera no necesita realizar una gran inversión en un costoso centro de datos dedicado para ofrecer su servicio de mantenimiento preventivo.

Sin embargo, todo puede ir más allá del mantenimiento preventivo. La nevera puede integrar un lector capaz de identificar los alimentos que se encuentran en su interior (si cuentan con etiquetas RFID, por ejemplo) y conocer en todo momento qué es lo que tiene almacenado e, incluso, en qué condiciones. Sí, claro que podría (y podrá… y puede, de hecho) realizar la compra por uno mismo de forma automática basándose en nuestros patrones de consumo de alimentos. Pero, ¿acaso no es genial la simple idea de poder saber si se dispone o no de un determinado alimento en la nevera de casa mientras se realiza la compra en el supermercado? Al fin y al cabo, Internet también iba a traernos todos los museos del mundo a casa en los años 90, pero ver una obra de arte en vivo no tiene nada que ver con hacerlo a través de una pantalla de ordenador. Seguiremos yendo al supermercado por mucho que, en ciertas ocasiones, un servicio de entrega rápida de alimentos y otros productos en menos de dos horas gestionado desde el teléfono móvil parezca el mejor invento de la historia.

La Internet de las Cosas no va a traernos (al menos, a corto plazo) un mundo de ciencia ficción, repleto de pantallas y hologramas por doquier, pero sí puede hacer de lo cotidiano algo mucho más cómodo, seguro, eficiente e, incluso, inteligente. Razones más que suficientes para convencer a un escéptico de que, después de todo, tampoco es una idea tan absurda la de meter internet en las neveras. Y también motivos no sólo para mantener la ilusión en el futuro y en lo que vendrá, sino para ilusionarse ya con las posibilidades que ofrece a día de hoy. No hay excusa: IoT ya es una realidad.

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